Mi propósito

Quiero difundir aquí El nieto de Martín Fierro, mi última obra literaria. Se trata de una novela en verso en la que Prudencio Fierro, tal como su abuelo, toma la guitarra y canta su vida. Prudencio es hombre de Buenos Aires, por lo que su relato conforma un poema ciudadano. La narración abarca cuatro noches, de las cuales publico la primera. Espero que quien llegue a disfrutar de la obra en algún grado impulse a otros a conocerla. También me agradaría que me enviara un mensaje de correo para compartir conmigo los sentimientos que le hubiera despertado la lectura de la historia de Prudencio Fierro.

Dijo Dalmiro Sáenz

"Mirar el futuro con la nuca nos lleva a menudo a maravillosas genialidades o a estrepitosos fracasos. El nieto de Martín Fierro, de Javier Collazo, es una maravillosa genialidad."

El nieto de Martín Fierro

Poema ciudadano

Copyright © 2007 Javier Collazo


Primera noche


Aquí me pongo a cantar
con voz bien clara y sencilla,
y en eso está la semilla
que en mi alma guardo y encierro:
soy nieto de Martín Fierro;
de ese palo soy astilla.

Como da calor el nido,
como da aroma la flor,
trajo a este mundo el amor
varios hijos de mi abuelo,
y yo soy, por don del Cielo,
hijo del hijo menor.

Y lo canto en voz bien alta
para que llegue a su oído.
Quiero ser bien entendido,
y sepa, si eso lo inquieta,
que quien su estirpe respeta
muestra que está bien nacido.

Me llamo Prudencio Fierro,
y aquí estoy para servirlo.
He aprendido, de vivirlo,
que el nombre que uno ha heredado
lo marca de lado a lado
al callarlo o al decirlo.

Mi abuelo y todos sus hijos
un día juramentaron.
Su apelativo cambiaron
para borrar de la historia
la larga e infeliz memoria
de las huellas que marcaron.

Pero eso fue para el ruido
que suele llevar el viento.
Así que, en mi nacimiento,
“Fierro” me anotó mi padre,
y, para que a usted le cuadre,
aquí tengo el documento.


No vengo a traer un canto
que en el pasado se amarra,
ni mi voz se despilfarra
en emular a mi abuelo.
Yo vuelo mi propio vuelo
y alzo mi propia guitarra.

Él fue hombre de la pampa
y yo soy de la ciudad.
Él fue viento en libertad;
yo soy brisa en una esquina.
Él fue la luz que ilumina;
yo sólo soy claridad.

Él fue cardón del desierto,
de las estrellas al brillo.
Yo soy retama en ladrillo
y me alumbran los faroles.
No le ponga más bemoles
porque es así de sencillo.

Y no quiero irme más lejos
en vanas comparaciones.
Cada uno con sus dones
viene a ocupar su lugar,
y, si quiere bien cantar,
canta sus propias canciones.

Pero hay algo que nos une
y encadena nuestros días:
cada uno sus sangrías
ha sufrido en mil faenas,
y, como él cantó sus penas,
yo vengo a cantar las mías.

Así como de su vida,
crisol de facón y lanzas,
saca uno mil enseñanzas
y mil recomendaciones,
tal vez algunas lecciones
saque usted de mis andanzas.


Y, aunque muchos menesteres
he alcanzado a dominar,
no vengo para esperar
que de maestro me alabe,
pues no es maestro el que sabe,
sino el que sabe enseñar.

Pero puedo descubrirle
de la madeja la hilacha,
y afilarle bien el hacha
para que corte delgado.
Recuerde que fui criado
en la escuela de Vizcacha.

No es que sea malicioso
ni de aquel pícaro espejo,
o que venga su consejo
a enaltecer lo que hablo,
pero él dijo: sabe el diablo,
más que por diablo, por viejo.

Esa sentencia rubrico
y canto como él cantó.
Pero a un hombre miro yo,
para saber si lo escucho,
no sólo si vivió mucho,
sino el modo en que vivió.

Con esto quiero decirle
que no invoco ajena fama.
Lo que mi verso proclama
es que yo juego mi juego.
Cada leñita en el fuego
engendra su propia llama.

Vaya arrimando la silla;
siéntese y pídase un trago.
Hágame usted el halago
de compartir esta mesa.
La función recién empieza
y, si hay que pagar, yo pago.

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He nacido en Buenos Aires
y de eso me siento ufano.
La sé mejor que a mi mano,
y fuera de ella no duermo.
Medio me crié en Palermo,
medio en el Bajo Belgrano.


Eran barriales que estaban
de potreros hechos trizas;
llenos de lenguas mestizas,
de italianos y gallegos,
de guapos, curas y legos,
y olor a caballerizas.

Aprendí duras lecciones
desde que era muy chico.
Las aprendí a pala y pico
y gastándome la suela,
porque a estudiar a una escuela
iba sólo el que era rico.

Igual me instruí en leer
y escribir con redondilla.
Un español de Castilla,
excelente educador,
fue mi maestro y mentor,
y me enseñó la cartilla.

Casi había sido cura
de Ave María y Rosario,
pero dejó el seminario
no sé bien por qué razón.
Con él, la conversación
era abrir un diccionario.

Cuando abandonó los claustros,
cruzó el mar rumbo a este suelo.
Tenía ojos color cielo
y se llamaba Eliseo.
Me parece que lo veo,
callado como en un duelo.

Era huesudo y muy alto,
más erecto que una vela.
Usaba traje de tela
brillante como satén,
y había estudiado en
Santiago de Compostela.

Andaba con latinazgos,
y su verba estaba llena
de una poética vena
por la que siempre decía:
“Quien ama la poesía,
seguro es un alma buena.”

Con él aprendí la rima
y me hice verseador.
Me enseñó a ver en la flor,
más que el color que presume,
la magia de que el perfume
es mucho más que el olor.

Me habló de cartagineses
que a los romanos vencieron,
me habló de quienes vivieron
en conjuras y misterios,
me habló de grandes imperios
que en ruinas se convirtieron.

Me relató mil consejas
en noches de buen convite.
Permítame que lo cite
según reza mi memoria:
“Hay que aprender de la historia,
porque siempre se repite.”

Vivía en la calle Pampa,
casi esquina Cazadores.
¡Cuántas noches de calores
y cuántas tardes de frío
íbamos juntos al río
a buscar vientos mejores!

Allí estábamos las horas
mirando el agua a lo lejos
y viendo los mil reflejos
que en las olas destellaban
y que en sus ojos danzaban
mientras me daba consejos.

En la ciencia de la vida,
me instruía con esmero.
Pero no sólo el rimero
de su sapiencia me daba;
muchas veces me sacaba
de un difícil entrevero.

Recuerdo en una ocasión,
en un viejo conventillo,
cómo hizo rielar el brillo
de la hoja de su navaja,
y sacaba a rompe y raja
a un malevo de cuchillo.

Lo hizo para defenderme
cuando en la mesa de juego
canté “¡Treinta y tres!”, y luego
puse en un “¡Truco!” mi estampa,
y mi rival “¡Hubo trampa!”
gritó con ojos de fuego.

“¡No soy tramposo con naipes
ni con dados ni en cuadreras!
¡Mis cartas son verdaderas!”,
le grité al impertinente.
“¡Así que apretate el diente
y agarrá las escaleras!”

El otro sacó el acero
mientras volteaba la mesa.
No me tomó de sorpresa
porque yo lo maliciaba
y mi mano ya palpaba
mi cortador de hoja gruesa.

Se me vino al humo y dijo:
“¡Donde, como y cuando quieras!
¡No necesito escaleras;
no voy a ninguna parte!
¡Me quedo para esquilarte,
y aquí tengo las tijeras!”

Yo le contesté: “¡Es inútil
que tu sesera se agote!
¡Guardá tu guadaña al trote,
pues, de ninguna manera,
me habrás de cortar siquiera
ni un pelito del bigote!”

En seguida tiró un golpe
que en el aire se deshizo,
pero, al lanzarle mi rizo,
pisé una salivadera
y quedé, largo como era,
tendido en medio del piso.

Los ojos de aquel malandra
se amamantaron de brillos.
Tal como saltan los grillos,
saltó para hacerme el moño
cuando una voz gritó: “¡Coño!”,
y se helaron los cuchillos.

Era de Eliseo el grito,
la boca llena de espuma.
Le sacó al gallo una pluma
mirándolo bien de frente,
como a la presa inocente
miran los ojos del puma.

¡Qué seminarios ni misas!
¡Qué proyectos de sotana!
Era como una manzana
su cara roja y siniestra,
y, enarbolada en su diestra,
brillaba una sevillana.

Cómo sería la furia
que en su mirada bullía,
que el valentón sólo hacía
rechinar diente con diente,
hasta que, muy lentamente,
salió a ver cómo llovía.


Era, pues, el español
un moderno caballero.
Es por eso que yo espero
que Dios perdone lo injusto
que fui al darle un mal disgusto
al meterme de gallero.

Tenía yo quince años
cuando aquello sucedió,
y como mucho marcó
esa etapa de mi vida,
voy, en su justa medida,
a contarle qué pasó.

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Yo era huérfano de madre.
Mi padre, de jornalero
la pasaba el día entero
para ganarse su pan,
y a veces al Tucumán
la rumbeaba de bracero.

Me gustaba ir al hipódromo
en aquel tiempo feliz.
Metía allí la nariz
todo lo que el día dura,
y hasta monté un sangre pura
a título de aprendiz.

Por entonces, los burreros,
que en gran cantidad había,
llegaban en un tranvía
hasta las mismas Barrancas,
y allí sentaban sus ancas,
justito en Pampa y la vía.

De ahí salía un ramal
“La combinación” llamado,
y especialmente trazado
para ir al carreraje.
El tramway hacía el viaje
de carreristas repleto,
y era un único boleto
para ida y vuelta el pasaje.

Y, si el jugador perdía
todo el dinero apostado,
si ya quedaba pelado
en la polla de potrancas,
igual volvía a Barrancas
con el pasaje pagado.

Pero de ahí no pasaba;
de ese lugar no salía;
y muchas veces dormía
con algún mendigo pobre,
pues no tenía ni un cobre
para pagarse el tranvía.

De esto le saco, mi amigo,
por si usted no lo sabía,
que nació la alegoría,
basada en lo que le cuento,
de que quien queda sin vento
se queda “en Pampa y la vía”.

Perdone la relación
de este antiguo acontecer,
mas siempre es bueno saber
que los comunes lugares
y los dichos populares
tienen su razón de ser.

Le retomo mi relato
y de la historia el rigor.
Un día en que un cuidador
me dio a probar una monta,
en una rodada tonta
me di un golpe de mi flor.

Medio me quebré una pierna
y me lastimé una mano.
Menos mal que un buen paisano,
y unos peones que ayudaron,
los huesos me entablillaron
mejor que en el Pirovano.

Tuve que quedarme en cama
cuatro semanas enteras.
Me cuidaron, lisonjeras,
dos vecinas solteronas
que eran mitad comadronas
y otra mitad curanderas.

Una de ellas, Edelmira,
me fue tomando cariño.
Me trataba como a un niño,
“Prudencito” me llamaba,
y hasta creo que arreglaba
su proverbial desaliño.

Cuando empecé a caminar,
me proveyó de un bastón,
y en más de una ocasión,
para eludir algún hoyo,
me daba el brazo de apoyo
diciéndome: “¡Corazón!”


Que no fue fácil la cosa,
desde ya, se lo prevengo.
Clarito el recuerdo tengo
de las largas caminatas,
pero la cura fue a gatas,
porque, al final, quedé rengo.

No se alarme, compañero;
mi renguera ya se fue.
Téngame un poco de fe
y estírese en el aguante,
que unos versos adelante
he de contarle el porqué.

Aunque yo ya caminaba
con toda seguridad
y sin la necesidad
de tener ninguna ayuda,
seguía la solteruda
dándome su caridad.

Venía por la mañana
con el albor más primero.
Ordenaba con esmero,
barría todas las piezas,
y, además de otras lindezas,
me cocinaba un puchero.

Un día en que ella creía
que yo estaba bien dormido,
se acercó sin hacer ruido
y se recostó a mi lado,
y, en un susurro apagado,
dijo: “¡Prudencio querido!”.

Se lo comenté a Eliseo
cuando esa tarde lo vi.
Él farfulló para sí.
Después dijo que pensaba
que aquella mujer estaba
enamorada de mí.

Según queda dicho, yo era
un muchacho quinceañero.
En amor, sacaba un cero
por mis escasas nociones,
pero mil nuevas razones
con Edelmira aprendí,
y mi inocencia le di
a cambio de sus lecciones.

Aún recuerdo cuántas veces
ella el patio merodeaba,
alguna planta arreglaba
o cosía una camisa,
y, escondiendo una sonrisa,
intencionada cantaba.

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Un domingo me llevó,
a orillas del Riachuelo,
a la casa de un paisano
que presentó como abuelo.

Era un viejo rubicundo
de cara como una piña,
y no demoró en mostrarme
sus siete gallos de riña.

Como me vio interesado
y con ganas de saber,
se me ofreció de maestro.
Y entonces quedé en volver.

Durante más de seis meses,
frecuenté el barrio orillero,
y fui aprendiendo las vueltas
del oficio de gallero.

El viejo me iba enseñando
a reconocer un jaca,
un gran clase, un papillero,
un gallino o un calandraca.

Me hizo recortar caireles
o alisar una golilla,
y, para limpiar el brete,
barrer con una escobilla.

Me explicó el comportamiento
del gallo en una pelea,
y cómo entierra su pico
cuando la muerte ventea.

Me llevaba a conocer
los mejores reñideros,
y en todos ellos los suyos
eran los gallos primeros.

En Buenos Aires había
sitios de riña sin cuenta.
El viejo me aseguraba
que llegaban a sesenta.

El más famoso de todos,
según la historia revela,
quedaba en el ochocientos
de la calle Venezuela.

También supieron contarme
que el primero fue fundado
a fin del siglo dieciocho
por Don José de Alvarado.

Para los tiempos de Rosas,
tuvieron un auge tal
que anunciaban las reuniones
en la gaceta oficial.

Y hubo galleros ilustres,
según mentas que se oyen,
desde Bartolomé Mitre
hasta Hipólito Yrigoyen.

En los años de mi historia,
la riña era permitida,
y no era lugar de vagos
como es cosa mal creída.


Tenía su reglamento
que escribió, según se cuenta,
el juez de paz Rafael Trelles,
allá en mil ocho setenta.

Como le digo, este mundo
en que de pronto me vi,
de mano de mi maestro
poco a poco descubrí.

De Belgrano a Monserrat,
de Balvanera al Retiro,
tenían gran fama el viejo
y, sobre todo, su giro.

Era éste un bravo animal
de ala corta y cuello en cruz,
cresta carnosa y dentada,
y más veloz que la luz.



Mostraba pata cuadrada,
buena púa y gallardetes
que eran la envidia de todos
los que andaban en los bretes.

El viejo también lucía
otro gallo matador
que era un fiero jerezano,
ratonero y salidor.

En la riña pata a pata,
no tenía superior.
Le juro que era difícil
hallar un gallo mejor.

Con esta yunta peleamos
en Buenos Aires entero,
y hasta fuimos a Corrientes
y Santiago del Estero.

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Un día vino Edelmira
con ojos llenos de pena.
Su cara era una azucena
pálida y mustia de duelo,
y dijo: “Murió el abuelo;
clavó su pico en la arena.”

También me dijo que el viejo,
cuando el final presintió,
la llamó y le declaró:
“Escuchá lo que sentencio;
los gallos son de Prudencio,
que los quiere como yo”.

Así yo me vi de golpe
convertido en un gallero
y con caudal pendenciero
para hacer frente a cualquiera.
Ahora lo primero era
levantarme un reñidero.

Conseguí un lindo terreno
valido de algunas tretas.
Quedaba entre unas lometas,
y casi a un tiro de piedra
de la chacra de Saavedra,
calle de Republiquetas.

Allí armé mi reñidero
con piedras y con tablones.
Dediqué largas sesiones
para entrenar a los gallos;
llené mis manos de callos

y el corazón de ilusiones.


Sacando uno que era mártir
y usaba de entrenador,
cada gallo era un primor
para la lidia encendida,
dispuesto a entregar la vida
con incansable valor.

El giro y el jerezano
eran lo mejor del lote;
pero deje que le anote
un magnífico canario,
de espolón extraordinario
e insuperable en el trote.

Los otros tres eran buenos,
fuerte el pico y brava el ala;
pero la espuela era mala
y afectaba su decoro.
Aunque hay quien la usa de oro,
yo engastaba al animal
una espuela artificial
hecha con asta de toro.

Mi predilecto era el giro,
con su plumaje dorado.
Por todos era admirado
cuando salía a luchar,
y sabía lastimar
aun con el pico calzado.

En una riña famosa
en que el giro se lució,
un paisano le cantó
con aires de chamamé,
llamándolo “Caburé”,
y ese nombre le quedó.

El apelativo vino
como de quien mucho sabe,
pues el caburé es el ave
más fuerte en su proporción,
y el más feroz en la acción
de hacer que un rival se acabe.

Es un pájaro indomable
que a otras aves caza y mata.
De pico como de plata,
rojizo y blanco de galas,
fulmina como las balas,
se prende como con clavos,
y hasta de gansos y pavos
se mete bajo las alas.

Y, agarrado de las carnes
de la presa que ha ganado,
va devorando el costado
con ataque vigoroso,
sin aflojar en su acoso
si el festín no ha terminado.


Desde entonces, “Caburé”
lo llamé siempre a ese gallo,
y cómo alabarle no hallo
su heroicidad, sus agallas,
sus cuchilladas sin fallas
y su tesón sin desmayo.

Durante casi dos años
que por pudor no detallo,
anduve, en tren o a caballo,
en cuanto redondel hay,
y hasta en Brasil y Uruguay
hice saber qué es un gallo.

El jerezano era un trueno,
el canario era un tifón,
pero, en cuanto a corazón,
Caburé andaba primero,
y gané mucho dinero
apostando a su espolón.

Sin embargo, en mis andanzas,
varias veces me encontré
con gente que hablaba de
otro gallo impresionante
al que llamaban “Tunante”
y que era de Tapalqué.

Hubo algunos que decían
que Caburé, con su estilo
de ratonero, en un hilo
iba a quedarse colgante
cuando el pico de Tunante
pudiera acertarle el filo.

Al andar por las provincias,
más me chuceaban al duelo.
En Buenos Aires, al vuelo
y sin el acuerdo mío,
se difundió el desafío,
y se fue armando revuelo.

Un caudillo de Palermo
al que llamaban Luciano,
en delincuente rayano
y ratón de comité,
me invitó a tomar café
para echar un mano a mano.

Me dijo: “A vos te conviene
andar conmigo en horario.
Si no te hacés el otario
y aportás el animal,
vas a evitar caerle mal
a mi amigo el comisario.”

“Todos podemos ganar
mucha plata si sabemos
organizarnos y vemos
cómo explotar el negocio.
Considerame tu socio,
ahora que nos conocemos.”

“Vos preparalo a tu gallo
para el final del verano;
cebale del mejor grano
y entrenalo a ganador;
calzalo de lo mejor
y mantenémelo sano.”

“Tunante es un pollo bravo,
pero yo seguro sé
que tu gallo Caburé
hará que en sangre se tiña.
Vamos a armar una riña
como hace años no se ve.”

“Haremos la gran reunión
de galleros jugadores,
de esos que tienen olores
a billetera opulenta
y andan con la vista atenta
para estos lances festivos.
En cuanto a preparativos,
dejá todo por mi cuenta.”

Cuando le conté a Eliseo
lo que me dijo Luciano,
me advirtió: “Guarda a la mano;
que no te afilen la aorta.
Si mi vista no es muy corta,
veo más de un avivado
que solo se ha convidado
para comer de esta torta.”

Por algo más de tres meses,
me instalé en mi reñidero.
Me pasaba el día entero
entrenando a Caburé.
¡Nunca tanto trabajé
con un gallo, compañero!

Hasta el arroyo Medrano
lo llevaba al sol poniente,
y en contra de la corriente
a caminar lo obligaba.
Así le desarrollaba
la pata dura y potente.

Me acompañaba Edelmira,
siempre solícita y lista,
y de mil tretas provista
para prestarme su ayuda.
Ladera tan macanuda
poco se vio y será vista.

A veces venía Eliseo,
tan sólo por gusto mío.
Para él lo del gallerío,
con todo su revoleo,
era un asunto muy feo,
y decía (cosa extraña,
siendo como era de España)
que era cruel como el toreo.

Como yo a Tunante nunca
lo había visto pelear,
me dediqué a averiguar
qué antecedentes tenía,
y un hombre de Olavarría
que se le había enfrentado
me dio informe detallado
de todo lo que sabía.

Me dijo que el gallo era
de un tal Miguel Montivero,
hábil y viejo gallero
del pueblo de Tapalqué,
hombre de muy buena fe
e importante ganadero.

De Tunante, me informó
que era gallo de alta escuela,
color de la escarapela
y estirpe guerrera nata,
tanto en lucha pata a pata
como en lucha con espuela.

Yo utilizaba el canario
de rival entrenador.
Di a sus plumas el color
blanco y azul de Tunante,
para que así, en adelante,
Caburé se acostumbrara
y no se sobresaltara
cuando llegara el instante.

De este modo ejemplifico,
mi amigazo, el sacrificio,
la labor y el ejercicio
con que preparé mi gallo,
y, si es mucho lo que callo,
es porque es ley del oficio.

Luciano trabajó duro,
hizo de astucia derroche
y armó todo sotto voce
no sé bien con qué artimañas,
lo mismo que las arañas
tejen su tela de noche.

Hizo alzar un reñidero
en un baldío de Flores,
lo adornó con mil primores,
le colocó diez tribunas
y lo protegió con unas
lonas de vivos colores.

Y, para anunciar la riña,
hizo sonar las trompetas,
vació todas sus maletas
y puso, con profusión,
avisos en “La Nación”
y hasta en “Caras y Caretas”.

Como usted podrá advertir
por todo lo que le cuento,
aquel acontecimiento
conmocionó a la ciudad.
Tenga la seguridad
de que ni pizca le miento.

Y también de las provincias,
en tren, carreta o caballos,
los amantes de los gallos
vinieron como en arreo.
Igual de Montevideo
y otros pueblos uruguayos.

Finalmente, llegó el día
del sonado desafío.
En Flores, un gran gentío
muy temprano se agolpó;
el barrio se alborotó
y el tránsito se hizo un lío.

Había una mayoría
de jugadores confesos,
de esos que en estos congresos
están como en unas fiestas.
Se supo que las apuestas
fueron más de cien mil pesos.

Cuando entré en el reñidero,
ver tantos espectadores
y escuchar tantos clamores
me parecía mentira.
Uno tiembla y no respira,
con franqueza se lo digo.
Menos mal que iban conmigo
Eliseo y Edelmira.

Luciano se me acercó
con su expresión más radiante,
y me palmeó con su guante
al decirme: “¡Vamos, pibe,
que hoy con un balde de aljibe
juntamos plata contante!”

Con su traje gris oscuro,
su moño color añil,
sus botones de marfil
y su sombrero raído,
me dijo: “Los del partido
te apostamos treinta mil.”

Un frío tocó mi espalda
como una mano invisible.
Transpiré hasta lo indecible
e, intentando sonreír,
tan sólo atiné a decir:
“Se hará todo lo posible.”

Edelmira puso en mí
su mirada dulce y fiel.
La de Eliseo era hiel
en un rostro de quebracho.
“No te preocupes, muchacho”,
me dijo, “Eso es cosa de él”.

Un hombre de buena estampa,
porte digno y elegante,
se me colocó delante
quitándose su sombrero
y dijo: “Soy Montivero,
propietario de Tunante.”

Nos estrechamos las manos
como dos viejos amigos,
y todos fueron testigos
de que había don de gentes.
Sólo éramos contendientes,
no feroces enemigos.

Llegó la hora inexorable
del mentado encontronazo.
Con mi gallo bajo el brazo,
salí al ruedo decidido.
Lo llevaba protegido
por un pañuelo bordado
que Edelmira me había dado
con un pimpollo prendido.

En cuanto los dos rivales
estuvieron en la arena,
como sangre de una vena
nuevas apuestas corrieron.
Todos su plata pusieron
a Caburé o a Tunante,
hasta que, en súbito instante,
las voces se adormecieron.

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Permítame compañero
que interrumpa mi relato.
Es que vengo de hace rato
recordando aquella lucha,
y la nostalgia, que es mucha,
el corazón me adelanta
y el latido me agiganta
que parece que se escucha.

Llene su vaso y el mío
para entonarnos los dos.
Yo debo retomar los
recuerdos y abrir el pecho,
porque, al contarle aquel hecho,
puede fallarme la voz.


Han pasado muchos años
y he clavado muchas cruces.
Es por eso que las luces
de la memoria han perdido
el brillo con que han ardido
en tiempos de lejanía,
pero recuerdo aquel día
como recién transcurrido.

Durante largos minutos,
fue pareja la pelea.
Entre espolón y volea,
los dos gallos se lucían,
y ante el gentío exhibían
la alcurnia de su ralea.

Pero, al final, Caburé
se fue imponiendo de a poco.
Crea que no me desboco
al decirle que a Tunante
se lo llevó por delante,
volviéndolo medio loco.

En una de esas, mi giro
lo agarró al otro en el vuelo,
y fue poniéndose el duelo
a favor de mi animal,
porque una vez su rival
enterró el pico en el suelo.

El juez gritó: “¡La primera!”.
(Discúlpeme si lo ubico
y en dos palabras le explico,
según dice el reglamento,
que un gallo pierde al momento
si tres veces clava el pico.)

Caburé se vio triunfante
y siguió dándole tunda.
Se armó la gran barahúnda
cuando de nuevo Tunante
clavó el pico tambaleante,
y el juez gritó: ”¡La segunda!”.

Mientras Tunante apoyaba
su cogote sobre un palo
y, entre gritos de “¡Acabalo!”,
yo me decía: “Aquí gano”,
se oyó clamar a Luciano:
“¡Vamos, Caburé! ¡Matalo!”

Después de cortar el aire
con una pata a cuchillo,
Caburé se hizo un ovillo
y, saltando con presteza,
lanzó un golpe de cabeza
que era un golpe de martillo.

Pero el látigo del giro
fue esquivado por Tunante,
y dio pleno en un parante
de manera tan atroz
que el pico se partió en dos
y quedó mocho y sangrante.

Al verlo así a Caburé,
se me paró el corazón.
Tunante vio su ocasión
y, medio resucitado,
lo atacó por el costado
y le clavó el espolón.

Es ley de todo gallero
saber ganar y perder.
Yo estaba dispuesto a ver
a Caburé derrotado,
pero luchar despicado,
frente a tan bravo rival,
era mismísimo igual
que combatir desarmado.

Aunque a mi gallo el instinto
siguió mandándolo al frente,
y con empuje valiente
quiso seguir la partida,
ya no tenía mordida
ni aire para hincar el diente.

Advertido del asunto,
Tunante aumentó su empeño,
y así fue haciéndose dueño
de aquella puja señera,
tal cual si recién hubiera
despertado de un mal sueño.

Yo comprendí que mi gallo
tenía echada su suerte,
pero sabía lo fuerte
que era su ciega osadía,
y que sólo aflojaría
cuando llegara la muerte.

Cada vez más ensangrado
y con la pupila loca,
Caburé ponía la poca
fuerza de un último aliento,
y un sórdido ruido a viento
le salía por la boca.

Entonces, no aguanté más
tan cruel e inútil faena.
Salté al medio de la arena
y, alzando en brazos mi giro,
le grité al juez: “¡Me retiro!”,
con la voz firme y serena.



La muchedumbre quedó
en silencio, anonadada.
Fue como una bocanada
de aire helado en el ocaso.
Edelmira me dio un brazo,
y Eliseo su mirada.

De pronto, vi frente a mí
la alta imagen de Luciano.
Su rostro era el de un insano,
máscara turbia y retrato
de un furibundo arrebato
que vomitó en fiero grito:
“¡Sos un gallero maldito!
¡Seguí la riña o te mato!”

“¡No!”, respondí terminante,
mientras cubría a mi giro.
Sin ni siquiera un respiro,
pálido, casi amarillo,
él sacó de su bolsillo
una pistola de un tiro.

Edelmira se interpuso
justo entre Luciano y yo.
“¡Prudencio mío!”, gritó
cubriéndome enteramente.
Y, al darle el tiro en la frente,
muerta en mis brazos cayó.

Eliseo se lanzó
sobre Luciano, y un mazo
fue su puño sobre el naso
del infame matador,
abriendo una roja flor
que daba a la sangre paso.

Luciano cayó a mi lado,
y Caburé, que lo vio,
sobre su cara saltó,
y la espuela, en lance lerdo,
le enterró en el ojo izquierdo
y de un golpe lo vació.

De todo lo que siguió,
poco le puedo contar.
Sólo logro recordar,
como confusos chispazos,
que, con Edelmira en brazos,
no hacía más que llorar.






Fin de la primera noche

Y algo más...

En la primera noche, Prudencio Fierro se concentró en el planteo de su narración. En la segunda, relata sus entreveros con los variados personajes que se van presentando en el desarrollo de su historia. Su canto se eleva en vuelo lírico cuando la vicisitud lo conmueve o cuando lo exaltan los sentimientos de amistad y de amor. Así ocurre en las estrofas con las que retrata a Cristal, bailarina de tango de la que habrá de enamorarse.

Retrato de Cristal


Cristal era encarnación
locamente deliciosa
de una diabólica diosa
y una inocente princesa,
mezcla de niña que reza
y de mujer voluptuosa.

Tenía la voz más linda
que alguna vez he escuchado.
Hablaba de un modo alado
como murmullo de brisa,
por el arpa de su risa
a veces acompañado.

Sus ojos, ¡ay, Dios!, sus ojos
toda el alma atravesaban,
y en sus pupilas andaban
duendes de tibia ternura;
pero, alzados de bravura,
eran dagas que mataban.

Su piel era de argentina
con un toque de española,
suave como espuma de ola
y olorosa como un lirio,
con la luz tenue de un cirio
y el roce de una amapola.

Su andar era trigo al viento,
a veces blando, espacioso;
y otras veces el esbozo
de una tigresa acechante,
mitad pasión anhelante,
mitad paso cauteloso.

La perfección de su cuerpo
daba el más claro sentido
al hecho de haber venido
a existir en este mundo,
aunque tan solo un segundo
pudiera ser percibido.

Su rostro se dibujaba
en la noche de su pelo,
sus cejas alzaban vuelo
como expresivas torcazas,
y de sus labios las brasas
invitaban al desvelo.

Uno llegaba a la cima
de la vivencia más loca
cuando veía su boca
como incitante amenaza,
que cuando niega y rechaza
más alimenta y provoca.

Y en su carácter moraba
la augusta contradicción
de alcanzar la exaltación
en la niebla y en la lumbre.
Siempre llegaba a la cumbre
recibiendo o entregando,
emperatriz en el mando
y aldeana en la mansedumbre.

Fuego helado, viento quieto,
flor que de noche perfuma,
luz que aparece en la bruma,
canto, risa, verso, vino,
candidez y desatino…;
con todo eso, un dios genial
le dio la vida a Cristal
y la puso en mi camino.

· · · ·

Las intenciones de Prudencio

En la tercera noche, Prudencio Fierro habrá de narrar extraordinarios sucesos que le tocó vivir en tierra mejicana. Al iniciar esta parte de su relato, Prudencio reflexiona sobre las intenciones de su canto. En esas estrofas, se refleja claramente el propósito que lo impulsa a compartir momentos de su vida.


Aquí estamos, amigazo,
en otro reencuentro ameno,
con la mesa puesta a pleno
y alpiste para los picos.
Hemos jugado dos chicos;
ahora vamos por el bueno.

Quien para cantar nació,
como ha nacido el zorzal,
vuelca ese don natural
en la exaltación de cientos
de variados sentimientos
con lenguaje musical.

Así canta a la belleza,
el infortunio, el amor,
el desencuentro, el dolor,
la alegría, la esperanza,
la traición, la remembranza
y otros temas y pasiones
que en todos los corazones
se acomodan sin tardanza.

Pero yo vengo a cantar
con los pies bien en el suelo,
y no aspiro a alzar el vuelo
de la lírica encendida.
Yo vengo a cantar mi vida,
y en eso salgo a mi abuelo.

Y no busco de ese modo
ser más que nadie, ni ansío
que se crea que lo mío
es superior a lo de otro,
pero prefiero mi potro
cuando hay que cruzar el río.

Así entregado a cantar,
¿cómo cantar de lo que
nada acabado yo sé,
porque sólo lo he mirado
o sólo lo he imaginado
y no lo experimenté?

Dejo esa noble tarea
al gran poeta inspirado,
al juglar que está tocado
por la mano providente,
y a quien forja tenazmente,
cuando el numen le es adverso,
letra a letra y verso a verso,
la expresión de lo que siente.

Grande maestra es la vida,
y grandes son sus lecciones.
Enseñanzas a montones
nos va dejando de a día,
pero es en forma tardía
que sacamos conclusiones.

Valga entonces mi relato
para mostrar la experiencia
que una variada existencia
deja en la vida de un hombre,
cualquiera sea su nombre,
su prosapia o su sapiencia.

Por eso no me atribuyo
pretensiones de docente.
Cuanto le diga o le cuente
considere confesión,
y, en esa simple intención,
yo me daré por cumplido
si al menos lo he entretenido
o le toqué el corazón.

Cuarta y final

En la cuarta noche, Prudencio cierra el círculo narrativo que había abierto en la primera parte de su relato. Cruciales acontecimientos se van sucediendo hasta el desenlace final. Antes de adentrarse en ellos, Prudencio discurre sobre los caminos por los que el hombre realiza su aprendizaje de la vida.


La vida es el gran maestro
que, en cada diaria lección,
nos da la neta noción
de no ignorar ningún tema,
y al más duro teorema
le encuentra demostración.

Ella nos hace aprender
con la vara del realismo,
y con sabio preciosismo
separa en un claro cisma
la oscuridad del sofisma
y la luz del silogismo.

Cada jornada que pasa,
sea de dicha o tragedia,
ella la razón asedia
con su febril enseñanza,
y sin tasa nos alcanza
su infinita enciclopedia.

Y es hombre prudente aquel
que, con celo y a conciencia,
del manual de la experiencia
saca la sabiduría
y, a una página por día,
va destilando su ciencia.

No interprete, compañero,
que yo las aulas desprecio,
pues aquel que pagó el precio
de no haberlas conocido
es quien más anda advertido
de que, en cualquier situación,
hombre sin educación
es hombre desprotegido.

Sin la escuela y sin los libros,
el mundo es chico y difuso,
y todo lo que compuso
el genio humano en centurias
sólo serían espurias
memorias de algo confuso.

Oyendo al educador,
leyendo a los escritores,
se penetran los mayores
misterios del universo,
y se descubren el verso,
la música y los colores.

Se alcanza la magnitud
de la estrella más distante,
o del átomo incesante
se capta la pequeñez,
y se vive de una vez
todo un siglo en un instante.

Se percibe la justeza
del número que se empeña
en ser la más clara seña
de la armonía que impera
en el triángulo, la esfera,
el espacio, el logaritmo,
y hasta en el mínimo ritmo
del agua de una gotera.

Se sabe del poeta ciego,
del tirano y el asceta,
del filósofo, el profeta,
el violín, el sustantivo,
y del ojo inquisitivo
que se posa en un planeta.

Se vislumbra algún destello
que late en la oscuridad,
y, si acaso la humildad
en nuestra mente se asienta,
a veces se nos presenta
la sombra de la verdad.

Se desentrañan las artes
y los más nobles oficios,
frutos de mil artificios
de la humana inspiración
y que al joven corazón
sacan del ocio y los vicios.

Por eso tengo, mi amigo,
el fuerte convencimiento
de que hoy, en este momento,
tras miles de años de historia,
del hombre la mayor gloria
es la del conocimiento.

Y aquel que quiera de un hijo
lograr la mejor hechura,
sepa que la sembradura
que exaltará su tutela
es el respeto a la escuela
y el amor por la lectura.

Pero el curso de la vida
da a todo su proporción.
Porque ella es pura pasión
que, en el rigor de la ciencia,
va poniendo con paciencia
su clara interpretación.

Y no hay libro ni maestro
que transmita plenamente
cómo es lo que el alma siente
cuando la inflama el amor,
cómo es de una bella flor
el perfume evanescente,
ni cómo es del bien ausente
la inmensidad del dolor.

Con la vivencia se aprende
qué es traición y qué es lealtad,
qué es odio y qué es amistad,
qué el miedo, el canto, el acecho,
y (déjeme que del pecho
saque un recuerdo, compadre,)
la caricia de una madre
que nos arropa en el lecho.

Por eso yo en mis andanzas
aprendí tantas lecciones,
y si las pongo en canciones
es sólo para mostrar
lo que uno puede sacar
de su historia en conclusiones.

Ilustraciones

Pablo Picasso, Guitarra
Adriana Mufarregue, Bar
Giovanni Boldini, Count Robert de Montesquieu
Paul Cézanne, Jugadores de cartas
Adriana Mufarregue, Malevo 1
Edgar Degas, Carrera de caballos
Rubén Baima, Esquina colonial
Ricardo Carpani, Rostro de mujer
Rafael Barradas, Hombre en la taberna
Héctor Catá, Ferdinando el gallo
Élida Perri, Gallos
Carlos Roces, Tren
Adriana Mufarregue, Malevo 2
Leonor Vila, Gallo
Adriana Mufarregue, Ojo y sombrero de guapo
Antonio Bujalance Gómez, Riña de gallos
Merle (Pintora holandesa), Abrazo
Héctor Catá, Pelea de gallos
Betina Paola Portolesi, Hombre con mujer en brazos

Vincent Van Gogh, Camino con sauces podados